Coronavirus y hambre: La angustia de los latinos en París

En París el confinamiento, al igual que en otros países, es ya una medida radical ante la amenaza del Covid-19. No son pocos los latinos que hacen vida en la capital francesa y sienten miedo ante la posibilidad de quedar sin empleo

«Si no morimos de coronavirus moriremos de hambre». En tiempo normal, ella trabaja limpiando casas y él en la construcción. Pero desde hace casi diez días, Viviana y Harold, un matrimonio de colombianos residentes en París, no ha cobrado ni un sólo euro y ve impotente cómo se evaporan sus pocos ahorros.

Francia cerró la semana pasada todos sus restaurantes, cafés y comercios no esenciales e impuso a su población un confinamiento domiciliario para frenar el avance del coronavirus, una medida que ha dejado a muchos sin la posibilidad de trabajar.

«Pude trabajar una semana y media antes del confinamiento. Con eso me alcanza para salvar un poco el mes, pero de resto ya no tengo ningún ingreso», dice Viviana, madre de dos niños de 3 y 9 años. Su esposo tampoco ha podido trabajar desde el martes de la semana pasada y la pareja teme no poder pagar su arriendo de 800 euros mensuales (unos 870 dólares).

«Teníamos unos pocos ahorritos pero eso lo invertimos en comida y gastos de primera necesidad», explica Harold desde el pequeño apartamento de dos piezas que alquilan en Montreuil, un suburbio popular al este de París.

Los programas económicos anunciados por el gobierno francés para ayudar a quienes se quedaron sin ingresos por la crisis del Covid-19 no son una opción para esta pareja de colombianos, que carecen de papeles en regla.

«No me desespero, pero en las noches no consigo el sueño», confiesa Viviana. La pareja, ambos de 32 años, teme sobre todo que los 15 días de cuarentena inicialmente previstos se extiendan. Y el gobierno no descarta hacerlo.

El consejo científico que asesora al presidente Emmanuel Macron en esta crisis sanitaria consideró el martes que será «indispensable» extenderlo por «al menos seis semanas».

Coronavirus y los impuestos

Guillermo Saavedra, por su parte, es guía turístico. En sus tours, este boliviano de 29 años, hace descubrir diariamente en bicicleta a decenas de turistas extranjeros los lugares clave de la Ciudad Luz: el museo del Louvre, la Torre Eiffel, los Campos Elíseos.

Con el coronavirus, las dos empresas con las que trabajaba como ‘free-lance’ cerraron. «Los clientes comenzaron a cancelar sus viajes desde principios de marzo», cuenta.

Como trabajador autónomo, Saavedra, que en los mejores meses llegaba a ganar hasta 2.000 euros (unos 2.300 dólares), puede aplicar al fondo de solidaridad que el gobierno puso en marcha para ayudar a las pequeñas empresas y a los trabajadores independientes que han perdido al menos 70% de su actividad por la pandemia.

«Tengo todos mis documentos en regla y pago impuestos», afirma. La dirección francesa de finanzas públicas compensará las pérdidas con una ayuda de hasta 1.500 euros. «Sería un gran alivio», dice. «Con eso podría pagar mi alquiler y vivir durante el confinamiento».

El joven boliviano tampoco descarta responder al llamado del gobierno a que todos aquellos que se hayan quedado sin actividad vayan al campo a ayudar a los agricultores para que los supermercados en Francia no se queden vacíos durante esta crisis inédita. «Cualquier trabajo que pueda hacer… yo feliz», dice.

‘Darnos una mano’

A la cabeza de «El man de los chorizos», una «start-up» muy popular entre la comunidad latinoamericana en París, el colombiano Juan David Castillo decidió suspender la producción de sus famosos embutidos artesanales debido al coronavirus.

Aunque este manizaleño con fuerte acento paisa podría seguir vendiendo su producto a domicilio durante la cuarentena, como lo lleva haciendo desde 2017 subido en su «chorineta» -su bicicleta de reparto-, optó por cerrar provisionalmente para «no poner en riesgo a sus clientes y a su familia».

«Quieras o no se toma un riesgo», estima. «Además, mi padre, que es mi socio y mano derecha, es una persona mayor de 60 años, por lo que hace parte de la población a riesgo. Y mi esposa está embarazada», explica Castillo, de 37 años.
Gracias a una facturación en constante alza desde que lanzó su original proyecto hace dos años -vende entre 400 a 500 chorizos por semana a dos euros la unidad- y unos «ahorritos» espera superar «las semanas de encierro».

«Como todos los comerciantes espero ver si el gobierno nos va a dar una mano. Igual tengo la esperanza de que cuando termine esto la gente me va a seguir comprando», dice optimista.