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El Holocausto nació en Sachsenhausen

Fue el modelo de los campos de concentración Nazi. En sus espacios puede decirse que se parió el horror asesino que luego se cernió por toda Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Miles y miles fueron víctimas de padecimientos infligidos: hasta la hoguera para vivos. Después de 80 años, visitarlo crispa el cuerpo. Cada 27 de enero se conmemora el Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto

Después de ocho décadas de su inauguración, y 75 desde su primera liberación, aún caminarlo impacta. Al norte de Berlín, la capital alemana, se erige un monumento a la muerte: el campo de concentración Sachsenhausen, el primero en su tipo, el pionero en un modelo de exterminio que instauró el régimen Nazi para acabar con enemigos políticos, judíos o no.

En julio de 1936, Heinrich Himmler fue nombrado jefe de la policía alemana. Mientras el mundo veía en la capital el desarrollo de los Juegos Olímpicos, las fuerzas especiales, las temidas SS, comenzaron a construir el lugar en la localidad de Oranienburg. Allí se instalaría el comando operativo de todos los campos de concentración y, también, se pulirían los métodos de exterminio no solo mediante la perfección de la infraestructura y los experimentos humanos, sino también como sitio de entrenamiento de comandantes de campos de concentración. La geografía inicial del Holocausto.

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Aún en la entrada está el siniestro cartel forjado en metal con la inscripción “Arbeit Macht Frei” —“el trabajo os hará libres”. Pero adentro no había posibilidad alguna de lograrla. Se calcula que más de 200 mil personas fueron encarceladas allí, en varios barracones. Los registros oficiales contabilizan 140 mil, pero excluyen a los recién llegados que eran fusilados como bienvenida o a aquellos que nunca llegaban a ser anotados. En el lugar es posible escudriñar en los apellidos, buscar antepasados, honrar memorias.

Solo dos de los barracones siguen en pie, conservados. Los primeros ocupantes fueron oponentes políticos al régimen nazi; luego los grupos declarados como “inferiores”. Los judíos comenzaron a llegar en noviembre de 1938, en un primer lote de 6 mil desafortunados. Cuando la guerra comienza formalmente, un año después, Sachsenhausen debió ampliarse para recibir más enemigos, prisioneros de guerra, delatores, sospechosos, gitanos, homosexuales y cualquier otro desgraciado, incluyendo a exiliados de la Guerra Civil Española, polacos y prisioneros soviéticos, 18 mil de los cuales fueron fusilados. Allí pereció, incluso, Yákov Dzhugashvili, militar soviético capturado en 1943 por los alemanes. Era el primer hijo del líder ruso Iósif Stalin.

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Pero Sachsenhausen no era solo depósito de personas. El régimen de trabajo era de esclavitud: los presos trabajaban hasta morir. Unos hacían armas, otros uniformes. Un grupo de artesanos judíos fueron forzados a falsificar billetes estadounidenses y británicos para una compleja operación de estafa alemana que nunca se llevó a cabo, pero sí quedó retratada luego en la película Los Falsificadores (2007).

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Cien mil personas murieron en Sachsenhausen, la mayoría por desnutrición y enfermedades, otros por agotamiento y muchas mujeres por golpizas y violaciones —algunas eran obligadas a prostituirse con los soldados. Los sótanos de la enfermería, donde el ambiente aún es frío y el hálito de la muerte impregna sus amarillentas paredes, se llenaron de cuerpos que caían tan rápido que no permitían ni su apropiado estudio, una simple autopsia. Por eso se crearon dos hornos crematorios de los cuales quedan algunos vestigios nomás luego que el gobierno de Alemania del Este los hiciera derruir deliberadamente. Fuego para los cadáveres al principio, y para los vivos después.

Sachsenhausen fue modelo de acción. Su estructura triangular fue diseñada para que los guardias siempre pudieran divisar todo el perímetro. Al muro le sucedió un campo minado, un alambre de púas, una cerca electrificada. Nadie podía cruzarlo ileso. Nadie lo hizo. Hoy siguen incólumes, el recuerdo del sadismo humano.

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También fue allí donde la frialdad llegó a niveles insospechados. El diario de uno de los militares asignados al campo relata que la enfermería se convirtió en laboratorio de experimentos humanos, sobre las dos camillas de cerámica aún dispuestas en paralelo y con su desaguadero original. Litros de sangre corrieron por allí. Pero tales ensayos no solo podían hacerse con cuerpos decadentes. Según la narración, a algunos de los prisioneros sanos eran convocados a exámenes médicos, sentados en una butaca dispuesta al ras de una pared con un agujero. Al otro lado, un uniformado en labores administrativas, en medio de papeleos, daba cuenta de que el hoyo dejaba de traslucir luz: era la señal. La punta de su revolver se acomodaba en el mismo boquete y el disparo tenía el trazo preciso a la cabeza de la víctima. Un tiro anónimo. Un gloryhole macabro.

Otros eran fusilados a campo abierto, en una zanja que hoy se conserva. Piso de grava para escurrir la sangre y pared de madera para absorber las balas que fallaran. Pararse allí es encontrarse frente al pelotón, imaginar el momento previo al final, el grito ignorado. El fogonazo y la oscuridad.

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En la primavera de 1945, comenzó la evacuación de Sachsenhausen. En abril de ese año comenzó una “marcha de la muerte” hacia el oeste con 33 mil internos, de los 65 mil que los registros oficiales contabilizaban en el mes de enero, incluyendo 13 mil mujeres —quienes no podían caminar eran asesinados para no retrasar al grupo. Cuando las fuerzas de ocupación soviéticas tomaron el lugar, liberaron a 3.000 presos enfermos y al personal médico que permanecía en el lugar. Era el 22 de abril de 1945, fecha inscrita en el obelisco que se erige desde 1961 en el centro del triángulo con 18 triángulos que honran las nacionalidades de los prisioneros —aunque murieron nacionales de 34 países distintos, muchos de los cuales han colocado placas conmemorativas oficiales— y una estatua que agradece la llegada del Ejército Rojo.

Cuando los rusos tomaron el campo aprovecharon su infraestructura. Primero destruyeron la barraca donde había estado prisionero hasta su muerte el hijo mayor de Stalin. Hoy solo quedan sus cimientos. Luego, extendieron su perímetro y construyeron nuevas barracas para albergar a prisioneros de guerra, soldados nazis, colaboradores del fallido régimen alemán y luego militares de los aliados occidentales, los nuevos enemigos de la guerra que comenzaba a enfriarse.

Fueron cinco años más de encierro y muerte. Esas barracas, ubicadas al fondo del terreno, son menos macabras aunque igual de frías. Dentro, televisores recuerdan la historia con entrevistas a algunos de los 60 mil que ocuparon esas celdas. Allí también abundan los relatos de fusilamientos, malnutrición y abusos.

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Pero poco queda en pie para conmemorar. Las infraestructuras soviéticas, así como muchas de las creadas por los nazis que continuaron funcionando, fueron poco a poco destruidas. Nadie quiere hacer homenajes donde los propios continuaron el terror de los extraños. El memorial creado bajo el mando soviético de 1961 no hablaba de las víctimas gitanas ni homosexuales, tampoco recordaba las barbaries luego repetidas por los rojos, solo un recuerdo de comunistas y socialdemócratas víctimas de la segunda guerra. Cuando cayó la República Democrática Alemana se hicieron las últimas excavaciones en el lugar, resultando en el hallazgo de 12 mil 500 cuerpos de personas, incluyendo niños, adolescentes y ancianos, que perecieron en el lugar donde ahora se señala una fosa común.

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La historia que hoy se cuenta en Sachsenhausen es compleja, por etapas, por horrores. Muchos van a recordar a sus familiares, a sus iguales, con nombre o sin ellos, conocidos o anónimos, con flores o con piedras, sobrevivientes o víctimas. El hierro con la frase “El trabajo os hará libres” sigue dando, a la vez, bienvenida y despedida, como fue antes, como será siempre.

Los espacios del horror

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